miércoles, 7 de octubre de 2009

LA GUITARRA ENTERA

Presentamos dos textos, fotos, un video sobre la guitarra vozarrona, la guitara entera, leona, bumburona... como se le conoce a este instrumento del son jarocho del sur de Veracruz. El Texto de García Ranz fue publicado en la revista Son del Sur. Agradecemos tambien a Alfredo Delgado por su dedicación a dejar constancia de lo nuestro, tambien a Joel Cruz Castellanos, quien ejecuta la vozarrona en Los Cojolites, y quien ha estado trabajando en el conocimiento del instrumento y de quienes lo han ejecutado.

Ricardo Perry

" La Guitarra Vozarrona" Fragmento

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Cuando el León vivía en la Selva, Francisco García Ranz

Cuando el león vivía en la selva.
NOTAS SOBRE LA GUITARRA GRANDE DE SON.
Francisco García Ranz

Hoy en día, el son jarocho tradicional de las regiones sureñas del Sotavento veracruzano se conoce un poco más y se asocia principalmente con la guitarra de son de tonos graves o guitarra grande de son. Instrumento por demás excepcional, fue a partir de los años 80 que comenzó a difundirse más ampliamente, cuando algunos grupos menos tradicionales de otras regiones lo incluyeron en su dotación instrumental para proveer de registros bajos al conjunto musical. En los últimos años, el león, o leona, nombre con el que se ha popularizado esta guitarra de son, ocupa un lugar importante dentro de muchos de los nuevos conjuntos jarochos de otras regiones, particularmente aquellos que no tocan con arpa jarocha convencional. Con excepción de algunos artículos (como por ejemplo el de Liche Oseguera, La Guitarra Grande, SON DEL SUR 6, enero 1998; o el de Noé González Molina, La Leona en el son jarocho, SON DEL SUR 9, enero 2002) poco se ha escrito sobre este instrumento. La reciente aparición del disco de donde brama la leona... Primer Encuentro de Leoneros, Chacalapa, Veracruz, 2002, empieza a llenar el gran vacío que hay con respecto a la música de esta región sureña.


Hábitat
De los llanos a la sierra, hay una razón sabida...

El león del sur de Veracruz, siendo éste de montaña, o mejor dicho, de selva alta, no se encuentra en toda la cuenca del Coatzacoalcos ni tampoco en todas las selvas como algunos piensan; ha vivido en una zona bien delimitada, particular y privilegiada situada entre las dos grandes cuencas del Papaloapan y el Coatzacoalcos. A grandes rasgos, se le ubica en las faldas sur y sur poniente de la sierra de Santa Marta Soteapan. Sus fronteras tradicionales han llegado, al poniente, hasta las márgenes derechas del alto río San Juan; desde San Juan Evangelista hasta, probablemente, Cuatotolapan, ya muy cerca de Nopalapan (ubicado este último en la margen izquierda del San Juan). Al oriente, hasta las márgenes izquierdas del Coatzacoalcos; donde en los poblados orientales de Chacalapa y Chinameca, en los últimos años el león ha encontrado una mejor guarida. Al sur, hasta Acayucan y San Juan Evangelista, siendo esta última la población más importante hacia los confines sur y poniente de la región. Santa Rosa Loma Larga junto con otros poblados serranos cercanos a Soteapan marcan las fronteras hacia el norte. El centro geográfico de toda esta región, posiblemente sea algún lugar entre Corral Nuevo y Acayucan (tal vez Quiamoloapan); sin embargo, el foco más importante desde el punto de vista musical debió haber sido Hueyapan de Ocampo-Corral Nuevo.
De clima cálido-húmedo las precipitaciones anuales de esta región exceden por lo general los 1,500-2,000 mm (y son mayores hacia la cuenca del Coatzacoalcos); los ecosistemas principales que coexisten son el bosque alto tropical perennifolio y la selva alta perennifolia, la cual, hacia las partes bajas, va transformándose gradualmente en selvas mediana y baja. La variedad forestal, alguna vez mucho más abundante, es grandísima: caoba, ramón, amate, huapanque, jinicuil, palo de agua, rosa morada, barbasco, zapote de agua, cedro, sombrerete, caobilla, ceiba, guachichile, cedrillo, pucté, árbol del chicle, encino, ojoche, palma real, guayacán, hule... Terrenos pantanosos, lagunas y pastizales sustituyen la selva que paulatinamente llega a transformarse en sabana, donde crecen árboles de nanche, jícaros, cacao, marañón, zapotes, guayas y en las regiones más bajas predominan los manglares. De toda esta la riqueza forestal, la especie que se relaciona más con el león, es el cedro rojo o colorado (cedrela odorata L. o cedrela mexicana) el cual alcanza, dadas las abundantes lluvias de la región, alturas entre los 20 y 40 m, troncos muy rectos, y hasta 1.8 m de diámetro. Su madera, sobre explotada y muy cotizada para la fabricación de muebles finos, parquet, triplay, chapa, cubiertas y forros de embarcaciones, instrumentos musicales... tiene también usos medicinales, dio en el pasado justa fama a los bosques veracruzanos. Después de la caoba es la especie maderable más importante en la industria forestal en México. Enumerar la variadísima fauna de la región, alguna vez abundante, sería dedicar muchas más líneas que dejaremos para otra ocasión.



En los últimos 40-50 años, este hábitat ha estado sujeto a un rápido proceso de destrucción y fragmentación, resultado de practicas de manejo de la tierra incompatibles con la conservación y aprovechamiento razonado de los recursos naturales que estas selvas resguardan. Aunado a esto, el acelerado crecimiento de las poblaciones humanas y la fuerte demanda por espacio y alimento esta contribuyendo a la rápida desaparición de estos ecosistemas . Tal conversión ha resultado en la extinción masiva a nivel local y regional de un gran número de especies de plantas y animales acerca de los cuales poco se conoce. Es pues en esta región selvática de grandes árboles, al borde de la una verdadera y total catástrofe ecológica, y no en otras regiones donde ha nacido y por mucho tiempo se ha procreado no solamente el león sino también especies de guitarras cuartas y jaranas de tamaño excepcional.

Organología

Hasta su actual globalización, la guitarra grande de son, dentro de su misma región tradicional ha sido conocida como la guitarra de los tantos nombres (genéricos y propios): guitarra vozarrona, bordona, bocona, bombona, guitarrón, grande,... la tumba, león, leona, María bumburona,... Todavía hasta los años 70, en Tlacotalpan y Alvarado se refieren a las regiones sureñas del Sotavento como regiones lejanas y sobre todo desconocidas, donde se toca una guitarra (grande) de cuatro cuerdas o bajo de espiga. José Raúl Hellmer, hacia mediados de los años 60, fue el primero en adentrarse en estas selvas, hacer grabaciones de campo y recoger afinaciones de las jaranas y guitarras de la región. La fotografía del conjunto de guitarras grandes y jaranas que se presenta (posiblemente la imagen más remota con que se cuenta) y que sirve de portada a la nueva edición del disco No. 15 del INAH (Sones de México, Antología) fue tomada por Hellmer en Corral Nuevo en ése entonces .




La guitarra grande de son comparte con el resto de la familia todas las características morfológicas básicas de las guitarras de son, distinguiéndose por su tamaño, tesitura y forma de tocar. Su caja de resonancia varía entre 47 y 57 cm de longitud y entre 12 y 18 cm de espesor o profundidad, aproximadamente. La longitud de cuerda (entre cejilla y puente) llega en los instrumentos más grandes hasta los 68 cm. El ancho de caja (latitud del lóbulo inferior) excepcionalmente alcanza los 36 cm. De brazo corto, el número de trastes, desde la cejilla hasta la unión del brazo con la caja, varía entre 6 y 10 trastes. En muchos instrumentos antiguos, por lo general, el diapasón termina en la unión del brazo con la caja; rara vez monta éste sobre la caja y de hacerlo es para alojar a uno o dos trastes más y/o algún remate ornamental.
En cuanto a su tesitura, la guitarra grande de son se puede dividir en dos grupos. Asociado principalmente con el tamaño del instrumento (longitud de caja y cuerda) pero también con la encordadura que se utiliza están: los instrumentos de registros más graves afinados para tocar por cuatro en Do, y los instrumentos de registros graves-medios afinados para tocar por dos en Do, es decir, un quinta arriba; estos últimos con una tesitura equivalente al de las guitarras cuartas, pero a diferencia de éstas con una caja más profunda. Distinguiéndose así, por su voz y su tamaño, al león de la leona; otros prefieren llamar a los instrumentos de registros más graves leona y a los instrumentos de registros graves-medios (por lo general de menor tamaño) leoncitas. En cualquier caso los instrumentos alcanzan entre 1 octava y media y casi las 2 octavas. Así entonces la tesitura del león o leona (afinado para tocar por cuatro en Do) se ubica entre el Do-3 y casi el Do-5 de la escala general de los sonidos, mientras que el de la leona o leoncita (afinada para tocar por dos en Do) entre el Sol-3 y casi el Sol-5 de la misma escala. En la actualidad las guitarras grandes de son, al igual que el resto de las guitarras de la familia, se afinan para tocar por cuatro o por dos, otros tonos y afinaciones tradicionales como chinalteco, huayapeño, variado, media bandola... ya no se utilizan en la práctica y solo existen en el recuerdo de los músicos más viejos.
Al igual que el resto de las guitarras de la familia, la guitarra grande se construyen de una sola pieza. Los constructores escogen el tipo de cedro que resulta más conveniente; por ejemplo diferencian entre el cedro de sabana, que es madera más blanda, del cedro de barranca, por lo general más dura. Los clavijeros (invariablemente para cuatro clavijas de fricción), rara vez son rectos, sino que se distinguen por algún diseño ornamental (lobulado) o en forma de corona. En la actualidad, dada la escasez de buenos bloques grandes de madera de cedro y el esfuerzo que representa tallar (y también tocar) un león, han proliferado las leoncitas entre muchos de los nuevos grupos del Movimiento Sonero Jarocho. Ejemplos de leones rugiendo son, entre otros: la guitarra grande del grupo Mono Blanco (César Castro el leonero del grupo), la guitarra de Tacho Utrera del grupo Los Utrera, o la guitarra grande que toca Joel González con Los Cojolites. De la nueva generación de constructores de guitarras grandes destacan Tacho y Camerino Utrera, Liche Oseguera (también importante leonero y especialista en la materia), Pablo Campechano y Julio César Corro, entre otros.
Aparentemente, en la región de los Tuxtlas la guitarra grande no era tan común, aunque sí hay huellas de su presencia. Cabe añadir que las guitarras cuartas de mayor tamaño se encuentran en la misma región del león o en sus alrededores (Nopalapan, Los Tuxtlas) y a las que llaman simplemente guitarra de son o guitarra de son completa.





Estilos musicales de la región

Si bien la guitarra grande de son se le conoce y ha traspasado su nicho natural, los estilos musicales de la región no son tan conocidos ni diferenciados. En particular el estilo huayapeño (Hueyapan de Ocampo-Corral Nuevo), como ya se mencionó, debió haber sido muy importante en el pasado. En la actualidad, con excepción de Tío Yomo (recientemente descubierto por Liche Oseguera y Zenén Zeferino), quedan pocos músicos de esta zona. Cabe mencionar que las afinaciones y tonos por huayapeño (o guayapeño) de jarana y guitarra todavía se recuerdan en poblados como Providencia (cerca de Tres Zapotes) y próximos a la confluencia del San Juan con el Papaloapan.
A grandes rasgos se pueden distinguir los estilos serranos de las faldas altas de la sierra de Santa Marta de los que podríamos llamar estilos abajeños de las partes bajas de la región. En los pueblos serranos donde la población indígena (popoluca) es predominante, los estilos musicales son marcados, algunas veces abreviados, menos sincopado, no siempre está presente la guitarra grande de son en el conjunto musical y el repertorio de sones jarochos es menor. Los grupos Santa Rosa Loma Larga, El Aguacate y Los Pinos, son representativos de los estilos serranos. Por otra parte en las tierras bajas, donde la población mestiza es mayoritaria, el jaraneado es más floreado, la manera de tocar la guitarra grande es, a veces, más pausada pero particularmente sincopada y rítmicamente mucho más variada; el número de sones que integra su repertorio es mayor. Representantes de los estilos abajeños de la región son los grupos Comején y Chacalapa Viejos.

Vinculación con afromestizos

Unas últimas palabras con respecto a la tesis, algo difundida, que plantea como probables los orígenes afromestizos de la guitarra grande de son. Esta hipótesis no resulta tan fácil de comprobar pero tampoco de desmentir. Aquí nos metemos en la búsqueda, a priori, de un origen único –algo que nos ocurre muy a menudo– y lo que encontramos es que en el origen hay no sólo uno, sino una multiplicidad de orígenes. Es cierto que el número de afromestizos que han habitado por siglos esta región es muy alto; sin embargo, eso por sí solo no explica el hecho de que la guitarra grande sólo se encuentra en esta área específica. El tamaño superlativo de esta guitarra de son obedece también a la pródiga riqueza forestal de la región; los grandes cedros, de más de 1.5 m de diámetro, no se encuentran en otras partes del Sotavento, de ahí que los instrumentos de otras regiones sean de menor tamaño. Por otra parte está la idea que la guitarra grande es una creación (derivada de la guitarra de son genérica) de los pueblos indios de la región; hipótesis que se sustenta en parte, al considerar a los indios con mayores inclinaciones y aptitudes para construir guitarras, violines, arpas... (algo que por cierto está bien documentado) más que a los negros o afromestizos, cuyas virtudes y vocaciones, muchas veces estereotipadas, se cree son otras. Sin embargo, como apunta el maestro Álvaro Alcántara (y que me parece un importante elemento conciliador en esta polémica):

“... lo cierto es que no sabemos demasiado al respecto de la cultura de los pueblos africanos de aquel entonces ni de la procedencia de los negros (no muchos) que llegaron a trabajar a las haciendas ganaderas del sur de Veracruz como esclavos. Cuando hablamos de los afromestizos tendemos a creer que estos mulatos y pardos, poseen una cultura africana y esa es una idea totalmente equivocada. Hablar de afromestizos en el territorio mexicano y, particularmente, en el sur de Veracruz implica hablar de naciones criollas, aculturadas en la cosmovisión indígena. Sus madres eran mujeres indias y fue con ellas con quienes crecieron los pardos y mulatos de la región. Los afromestizos conservaron elementos de la cultura africana de sus ancestros –sin tener demasiada conciencia de tal legado–, pero sus habitus, su manera de entender el mundo son predominantemente de matriz india.”

Sobre esta cuestión vale la pena consultar los trabajos de Alfredo Delgado (Los negros del sur, SON DEL SUR 1, agosto 1995), del mismo Alcántara, y de Rolando Pérez Fernández, todos ellos estudiosos del tema. Sin embargo, independientemente de todo lo mencionado, sí se debe reconocer la fuerte preferencia de los afromestizos por la guitarra grande y en particular su contribución musical, la cual se aprecia muy marcadamente en los elementos musicales del son jarocho de una gran parte de esta región, alguna vez grandiosa selva, donde el león, sin lugar a dudas, ha sido el rey.

Tepoztlán, Morelos, marzo de 2003.

Bibliografía

▪ Alcántara López, Álvaro. La invención del jarocho. Una revisión a la impronta de los vaqueros afromestizos en la construcción del estereotipo regional. Inédito.
▪ Estrada, Alejandro, 2002. Las selvas del trópico húmedo. Laboratorio de Primatología, Estación de Biología "Los Tuxtlas", Instituto de Biología Universidad Nacional Autónoma de México (www.primatesmx.com).
▪ García Ranz, Francisco y Gutiérrez Hernández, Ramón, 2003. La guitarra de son, tomo 1. Cuadernos de cultura popular, IVEC.
▪ Pérez Fernández, Rolando, 1990. La música afromestiza mexicana, Universidad Veracruzana, México.
▪ Pérez Fernández, Rolando, 1996 y 1997. El chuchumbé y la buena palabra, Son del Sur 3 (1ra. parte), Son del Sur 4 (2da. parte). Centro de Investigación y Documentación del Son Jarocho, A.C. Jáltipan, Veracruz.

Fandango en Corral Nuevo, Foto Joel Cruz Castellanos

sábado, 26 de septiembre de 2009

LA GUITARRA ENTERA

Alfredo Delgado Canderon

fragmento de su libro Sotavento

La guitarra entera, también llamada vozarrona, bocona, guitarrona, leona, tigra, burrona o totolona (90 a 100 cm de largo por 30 a 35 cm de ancho) hace las veces de bajo pues de los instrumentos empleados en el son jarocho su tono es el más grave. Lleva 4 cuerdas, 2 sextas y dos cuerdas dobles cada una, sexta y octava, enredadas o entorchadas. Originalmente se tocaba punteada, casi como si se percutiera, pero esta manera de tocarla ha ido cambiando en las nuevas generaciones.

Algunos jaraneros piensan que la bocona es creación popoluca pero otros se inclinan por su origen afromestizo. Si bien en la actualidad su uso se ha generalizado, hasta hace unos años la vozarrona estaba restringida a unas cuantas comunidades de origen afromestizo, por lo que suponemos que fueron ellos quienes la crearon o adaptaron al son y le dieron su sonido característico. Entre las localidades que fueron o son leoneras destacan Chacalapa, Comején, Acayucan, Cuatotolapan, La Peña, El Coyol, La Guadalupe, Corral Nuevo, Jalapa Calería, Hueyapan de Soconusco, El Marquesillo y La Cañada. En documentos coloniales y del siglo XIX todos estos lugares están registrados como parajes de milperos o haciendas ganaderas con población mayoritaria de negros, mulatos y pardos, estos últimos también conocidos como chinos (AGN, Indiferente de Guerra, vol. 416a; AI, México 2590).
La leona aparece también en poblaciones indígenas como Santa Rosa Loma Larga, Sabaneta y El Aguacate, de etnia popoluca, o entre los nahuas de Zaragoza, pero todos estos pueblos tuvieron como vecinos a caseríos de milicianos, milperos y vaqueros negros y mulatos, por lo que es más que probable que de ellos la hubieran retomado. La bocona se construye con el brazo largo o corto, según el entrastado que se quiera incluir. Las comunidades indígenas en general hacen la guitarra entera más pequeña que las afromestizas. Entre los tocadores de vozarrona famosos en los últimos tiempos por su maestría tenemos a don Darío Anastacio (+) de Jalapa Calería, Tío Piri (+) de Comején y don Delio Morales, de Chacalapa.

domingo, 10 de mayo de 2009

Grises lágrimas del pasado

ricardo perry guillén

Hace ya muchos años que un tal Miguel D. Coe llegó un buen día a San Lorenzo Tenochtitlán, un pequeño pueblo del municipio de Texistepec, una comunidad indígena situada frente a la isla de Tacamichapan, en las riberas del Coatzacoalcos. Un pueblo que, como otros tantos de estos lugares, fue fundado por hombre y mujeres que llegaron río abajo, de Jáltipan, construido en lo que fuera asiento de una de las grandes ciudades de los antiguos Olmecas.

Coe caminó por el poblado, dio los buenos días por acá, las buenas tardes por allá. Tanteó las cosas y luego hizo trato con los lugareños hasta lograr integrar una cuadrilla de hombres, listos para trabajar en las nuevas excavaciones, los nuevos hallazgos que marcaban para siempre la vida de la comunidad. Ahora, cuando escuchamos la historia de San Lorenzo en boca de sus mayores, la gente recuerda esas marcas, esos sellos que forman el calendario de la vida, los grandes acontecimientos de este pequeño pueblo.

Los hombres trajeron los picos, las palas y caminaron guiados por la aguja del detector que al cabo de un rato empezó a dar señales y esperanzas junto a un recodo del viejo camino. La arena, la arcilla fueron removidas en busca de piedras milenarias, que llegaron hasta acá desde los Tuxtlas, siendo no solo una gran proeza su tallado, también su traslado.

D. Coe sostenía el detector con firmeza y sus manos no temblaban, no evidenciaba el remolino de sensaciones que sostenía su pensamiento. De repente la aguja marcaba todo el extremo, el campo magnético se ensanchaba y por lo mismo dificultaba encontrar dónde el lugar, dónde dar la señal. El alambre de púas confundió dimensiones y D. Coe inmediatamente mando quitarlo. Entonces la señal fue clara y las palas mostraban el entusiasmo de los pobladores, una sensación de que todos estaban armonizados en un mismo acorde, todos cantaban la misma canción de la vida, las palas sonando, la tierra sonaba, el río sonaba, los murmullos de los animales del campo, las risas y los gestos de quienes sabían lo que una gran piedra contenía.

En anteriores descubrimientos, si bien el asombro era ya de por si un gran acontecimiento, se sentía también cierto temor de despertar sueños ya dormidos. Cada piedra marcaba su propio acontecer, sus propias exigencias, sus propias tensiones, algo acontecía, la comunidad se transformaba, una escuela primaria, abrir el camino de terracería o la electrificación a cambio de llevarse lo hallado: el cuestionamiento del presente, de las necesidades, de las carencias ante la vista y la codicia de un tesoro, ante la vista de soldados que llegaban para resguardar la piedra, para resguardar el interés del estado, como si el pasado emergiera para mostrar un sendero por donde el pueblo había de transitar, por ellos mismos, por los otros que desde arriba ordenaban; por las buenas, por las malas.

una
gran
piedra
ovoide
emergió
majestuosa,
un inmenso rostro esculpido
a imagen de un ser desconocido


Los pobladores estaban acostumbrados a los rostros que las piedras mostraban, labios gruesos, amplia sonrisa. La imagen de la piedra que ahora emergía era distinta, sus expresiones mostraban el síntoma de la seriedad y de la tristeza, la piedra tenía hoyos que el tiempo había esculpido dándole a la imagen una expresión de que algo había carcomida sus entrañas, entrañas donde brotaban humedades, lágrimas emergiendo de aquellos ojos que miraban en todas direcciones.

Según las últimas teoría de investigadores de la UNAM las esculturas son grandes fotografías de los señores gobernantes. Las cabezas en su mayoría reflejan sonrisas, hasta parece que nos transmitieras una lejana alegría. Aquella era distinta: ¿Qué sería lo que atormentaba a este ser del pasado para que el dolor de su expresión llegara hasta nuestros días como si el tiempo no hubiese transcurrido, como si estuviese estancado en un mundo sin olvidos?¿Por qué elegir la imagen de la tristeza para perdurar por siglos?, una tristeza que también es nuestra tristeza porque al fin y al cabo venimos de lo mismo.

D. Coe y sus ayudantes registraron en sus libretas anotaciones, dimensiones del ancho, lo alto, imprimieron placas fotográficas, elaboraron mapa del lugar, y cuando acabaron una serie de procedimientos, empezaron nuevamente a verter la tierra, ahora encima de aquel rostro que iba siendo enterrado de nuevo poco a poco, mientras la tarde también poco a poco iba cayendo sobre San Lorenzo.

Los hombres se fueron por donde vinieron, por Xalapa. Hicieron gestiones, hablaron con el gobierno, con la Universidad, hasta lograr el convencimiento y los recursos necesarios para obtener permisos y maquinaria que hiciese posible sacar de aquel sueño casi eterno a la piedra que dormía bajo tierra.

Pasaron varios años hasta que un día un tal Manuel Fierro llegó a la comunidad enviado por el gobierno del estado de Veracruz para tales propósitos. Don Félix Azamar, uno de los viejos jaraneros del lugar, nos cuenta que todo mundo conocía el sitio exacto donde se encontraba la cabeza pues todavía se veía la seña de la tierra removida. Pero no todo fue tan fácil. La cuadrilla de Manuel Fierro pasó ocho días dando paladas, escarbando huecos sin que la piedra apareciera: “Se la tragó la tierra”, decía la gente de Fierro. Y no era posible, pues ¿cómo podía perderse tamaña piedra en un sitio ya marcado?.

Los pobladores se miraban unos con otros, sus ojos brillaban en el reflejo del entendimiento, pues sabían que aquello tenía un significado y sabían también que mientras Fierro no buscara en otros terrenos, en aquellos donde descansa la explicación de la vida, en el paraje del tiempo detenido, bien podía seguir en su afán y nunca hallaría lo que andaba buscando.

Don Félix lo encontró bajo un árbol y, a pesar del ruido de las botas al chocar contra las pequeñas piedras del camino, el hombre no volteó. Su mirada estaba fija a lo lejos buscando el campo de la explicación. De repente su rostro dio vuelta y miró fijamente a Don Félix... su boca dejó caer una pregunta, pregunta que había tardado tanto en pronunciar: ¿Qué debemos hacer, Don Félix?, dijo.

Don Félix se sentó sobre el zacate, tomó un cigarrillo de las manos de Fierro y de sus labios brotó humo y una explicación que aquel hombre escucho con seriedad y sin decir palabra: “Las piedras tienen sus cuidadores, tienen quienes las cuidan” decía Don Félix mientras llamaba a sus compañeros trabajadores, que asentaban con la cabeza cada una de las palabras del hombre: “Si quieres que la piedra aparezca, entonces tenemos que hacer un cumplimiento, debemos tener contentos a los espíritus”.

Fierro no dudo del hombre, escucho atento sus palabras. Luego mandó comprar gallinas, mandó echar tortillas, hacer el guiso, mando traer la cerveza y del más puro aguardiente. Don Félix trajo su jarana, igual sus compañeros jaraneros. Todos comieron y regaron con comida el terreno de la piedra; bebieron y regaron cerveza y aguardiente por el suelo. Comieron, bebieron y cantaron y bailaron y el sitio se llenó de alegría. También los hombres acabaron regados por el suelo de tanto alcohol.

En la mañana los jornaleros llegaron contentos, las palas sonaban rítmicas, los brazos bajaban y subían teniendo la certeza que aquel esfuerzo era ya algo seguro. Y sí, lentamente la piedra fue quedando nuevamente al descubierto.

Pero aquella piedra no era una piedra quieta, cuando intentaban subirla con maquinaria pesada a un gran vehículo, una y otra vez la cabeza se desató, se escurría de los lazos de acero.

En ese entonces el gobernador había decidido hacer el nuevo museo de antropología de la ciudad de Xalapa y era afán tener la pieza como parte de la colección olmeca del recinto. Esa era la orden del gobernador, como las otras tantas órdenes que se dieron para que las piezas de la cultura olmeca halladas en San Lorenzo emigraran por el mundo, dejando a la comunidad en una nueva orfandad: los orígenes dispersos, los rastros perdidos, las huellas en manos desconocidas...

Cuarenta personas del poblado se alistaron para acompañar a la triste piedra hasta Xalapa, darse cuenta con ojos propios donde quedaría esta parte de ellos mismos. Don Félix, uno de los acompañantes, dice que ya en la capital del estado los ojos de la piedra se mojaron, que del hueco de los ojos salieron lágrimas, que la piedra lloraba, que cuantas veces intentaron acomodarla, se zafaba de los lazos, que en una de esas la piedra cayó encima de un cargador y lo mató instantáneamente.

La piedra mostraba su misterio, lloraba y su llanto caía en tierra que no era suya, en tierra desconocida. Hoy todavía, cuando la gente del pueblo va para Xalapa, dicen los que la visitan, que cuando ve a su gente, llora. En el pueblo se dice que la piedra quiere regresar.

El acuerdo público, realizado entre el pueblo de San Lorenzo y el gobierno, en el cual se asienta que la piedra se daría en calidad de préstamo y que al término de diez años se regresaría a la comunidad, se venció hace ya mucho tiempo y no exista documento que permita legalmente su retorno. Los pobladores sienten la tristeza que la piedra refleja en sus rostros y miran sus ojos como un gran espejo en donde ven su pasado milenario acosados por tan inmensa melancolía.

APIXITA


Ricardo Perry Guillén


UNO

Una imagen reciente queda clavada en los recuerdos; la de una mañana en Apixita en donde al amparo de un almendro y un viejo ciruelo, una casa de varas y palma, una familia se reúne. El jefe de este hogar es Patricio Hidalgo Padre, el único hijo de tres que conserva el apellido de Don Arcadio Hidalgo. La abuela Pola decidió dejar Minatitlán y venirse a vivir a este lugar con sus tres pequeños y formar otra familia. Hace poco que Don Arcadio vino a Apixita, antes de morir, cuando andaba con los Mono Blanco, llevando al son jarocho de un lado para otro. Dicen que sintió temor de llegar aquí pues el segundo marido de Doña Pola también había sido su enemigo de armas en los tiempos de la Revolución.


DOS

Anduvieron por todo Minatitlán buscando alguien que les dijera donde vivía Don Arcadio. La gente es muy desconfiada con el fuereño y difícilmente quería dar información sobre un jaranero conocido en los fandangos de la ciudad. Los dos jóvenes habían oído que su padre vivía allí gracias a jaraneros que tocaban en todas partes por pueblos y rancherías del sur de Veracruz. Andando cerca ya da la Tacoteno, próximos al área pantanosa donde vivía Don Arcadio, cuando en una casa un niño, que rápidamente recibió regaño de sus mayores, dijo algo, una referencia, más al fondo. Hartos ya de andar recorriendo la ciudad petrolera, casi al punto de tomar otra vez el camino para Apixita y dar así por terminada la búsqueda, caminaron hacia la casa indicada. En la cabeza infinidad de movimientos proporciona el pensar, enfrentarse a algo tan esperado... pero no se puede estar en silencio cuando la voz del joven tiene que decir: “Buenas noches”. “¿Qué quieren?”, contesta otra allá adentro. “Somos gente de paso, queremos un lugar donde pasar la noche”, dijo Patricio. Don Arcadio interrumpió la cena y abrió la puerta. En ese momento el hombre no fue capaz de percibir que aquellos muchachos eran sus hijos, que llevaban días de andarlo buscando, horas sin probar alimento. Don Arcadio aceptó darles un lugar donde dormir, un jacal dentro del patio, una cama. Hasta chanceó, que no quería “atracamientos” en su casa. “¡Que va! –contestó Patricio--, si ella es mi hermana, somos hermanos, Señor”. Cuando amaneció los jóvenes se presentaron ante Arcadio Hidalgo. Patricio le indicó que aquella era la negra, “su hija, la que una vez usted mismo hirió en la cabeza con un pedazo de botella”, alzándole el cabello para que el hombre viera la cicatriz. Don Arcadio la abrazó y abrazó a Patricio: el encuentro había tardado. Les ofreció casa pero ellos habían decidido ubicar sus destinos en Apixita y emprendieron el regreso.
TRES
Y ahora las imágenes más recientes, la de un hombre que cabizbajo escucha atento un lánguido son. Un moño negro recién puesto en el umbral de la puerta avisa de un luto también nuevo: el mes pasado murió aquella mujer llamada Pola. El hombre es uno de los hijos de Don Arcadio. La música brota de un grupo de jóvenes. Son Ramón Gutiérrez, Andrés Rosas, Liche Oseguera y Patricio Hidalgo Hijo. Tristeza hay en el rostro del hombre y su sentimiento invade toda la escena. El son va haciendo referencia a la vida y a la muerte, al deseo de volverse planta porque “la muerte me espanta”. Un niño atestigua la presencia del conjunto. Están en esas miradas, en esos pensamientos la constante de que lo único cierto de nuestro futuro es que la muerte está allá, esperando, porque “la muerte no tiene edad, va carcomiendo la vida para volverla a empezar”. Es el 29 de diciembre pasado, en una casa de material que contrasta con otras donde se asienta la pobreza extrema en Apixita.


CUATRO
Ahora todo está rodeado de una densa neblina y nuestros ojos sólo perciben un círculo, más allá únicamente fantasmas borrosos que al alejarse desaparecen. Patricio Hidalgo Belli toca la armónica y canta meciéndose en una pequeña hamaca la cual está amarrada en aquel mismo almendro. Jaime, su hermano, rasga la jarana lo suficiente para que el músico pueda armonizar una composición. Sus miradas están perdidas más allá de donde acaba toda neblina. Sus rostros denotan pensamientos distantes, la melancolía que brota de la ausencia: “Por ser tan bella y discreta, robas de mi pecho el trino...” Los hermanos menores y los sobrinos juegan con un globo y con sus risas hacen más profundo el contraste entre la alegría y la nostalgia, el presente y el recuerdo, lo distante y lo cercano. De los tres hijos de Don Arcadio solo Patricio pudo cambiar sus apellidos y recuperar el de su padre. Se casó con Margarita Belli, de una familia de Apixita. Además de Patricio Hijo tienen nueve más sin contar los tres que murieron. Apixita es un pueblito del municipio de San Andrés Tuxtla y su población se dedica al campo. Patricio Hijo salió del poblado para estudiar agronomía en Michoacán, como un compromiso de Don Arcadio de dar estudio a uno de sus nietos, compromiso que luego fue asumido por el grupo Mono Blanco.
apixita, diciembre de 1995

sábado, 9 de mayo de 2009

Textos de Son del Sur


Los negros del sur

Alfredo Delgado Calderón


La presencia de los negros esclavos y libertos y su influencia en la cultura del istmo veracruzano es uno de los temas menos abordados por los estudiosos. A pesar de que varios rasgos culturales distintivos de nuestra región se reconocen como de influencia negra, los trabajos históricos del sur de Veracruz apenas mencionan su presencia (exceptuando Antonio García de León, que ha puesto especial énfasis en la historia y cultura afromestizas).
A escala nacional, los negros esclavos introducidos a la Nueva España en los tres siglos de dominación ibérica sumaron varios millones. Su influencia en la cultura y conformación del tipo físico del mexicano es incuestionable. Por ejemplo, en 1646 la población africana de la Nueva España representaba el 2.04%, mientras que la afromestiza alcanzaba 6.8%. En contraste, la población europea alcanzaba apenas 0.8% y la euromestiza 9.8%. El resto de la población, 80.6%, estaba formada por indígenas e indomestizos. Casi cien años después, esta proporción se mantenía, pues aunque disminuyó la población europea, africana e indígena, aumentó proporcionalmente la población euromestiza, afromestiza e indomestiza, representando la segunda el 10.8% de la población total (Aguirre Beltrán, 1989).
Una de las primeras referencias a los negros del sur de Veracruz la encontramos en el Archivo General de la Nación, ramo mercedes, donde se pide que se ponga remedio a las bandas de negros cimarrones que saltean los caminos de Huaspaltepec (hoy Playa Vicente). En 1593 se comisionó a don Carlos de Sámano, que diez años antes había sido alcalde mayor de la Villa del Espíritu Santo, para que nombrase personas que prendieran a los negros cimarrones que salteaban los caminos de la costa del Golfo, de Alvarado a Coatzacoalcos (AGN, General de parte, F. 135.V).

La esclavitud en el Sotavento
Los negros cimarrones de Huaspaltepec y la costa de Alvarado y Coatzacoalcos eran esclavos huidos de los trapiches de la región de Córdoba, aunque también en el sur de Veracruz había esclavos. Cuando leemos sobre la esclavitud en los libros de texto inmediatamente nos imaginamos las minas o trapiches de centro y norte del país con sus miles de esclavos negros. Pero la esclavitud parece tan ajena a nosotros, a nuestra historia, que no concebimos que se hubiera dado en nuestra región. Ciertamente no es así, y aunque con menos intensidad, en el número y el trato, el sur de Veracruz también tuvo esclavos, negros y pardos (hijos de negro e india) en su mayoría.
Uno de los primeros puntos de llegada de los esclavos fue el ingenio establecido por Hernán Cortés en un lugar llamado Tepeaca, al norte de Santiago Tuxtla. Ya en 1524 Cortés daba noticia de que estaba construyendo un ingenio en los Tuxtlas (Sandoval, 1951), pero en 1528 afirmaba que el ingenio se construía desde dos años antes, en 1526 (ídem). En 1531 el ingenio todavía no estaba terminado, a juzgar por las instrucciones que dio a Alonso Valiente cuando fue a tomar posesión de Cotaxtla, Rinconada y los Tuxtlas a nombre del conquistador (AGN, Hospital de Jesús, leg. 445, exp. 29). Gorrochotegui (1978) considera que para 1534 el ingenio ya estaba en funciones y menciona que para 1538 contaba con cinco calderas y 36 esclavos, algunos de los cuales eran indígenas. En 1544 el pueblo de Tuxtla daba 60 indios diarios para el servicio del ingenio, además de tributar semanalmente cinco "gallinas de la tierra", pescado, chile, huevos y sal, y cierta cantidad anual de mantas, naguas y camisas (González de Cossío, 1952).
Un documento de 1556 menciona que el ingenio de Tuxtla contaba con "...ochenta piezas de negros mochachos e mochachas; en este ingenio no está hecho más que los cimientos de las casas y falta por hacer las casas del dicho yngenio y las casas de las calderas que se an de hazer...” (AGN, Hospital de Jesús, leg. 267, exp. 26).
Se agrega que una vez en producción se espera producir ocho mil arrobas de azúcar, y que los indios deben dar 600 pesos por los indios de servicio que solían dar al ingenio, que las tierras son buenas y compradas a los indios, y que una vez acabada la obra se planea meter otros veinte esclavos para completar el ingenio; es decir, se esperaba tener alrededor de 100 esclavos trabajando. Efectivamente, para 1565 el ingenio tenía a su servicio 66 negros, 29 negras y 2 mulatos, 97 esclavos en total, según su administrador Juan de Sahagún (AGN, Hospital de Jesús, leg. 121, exp. 2)
Aguirre Beltrán (1992) agrega que en 1568 el ingenio fue arrendado por el Marqués del Valle a Gerónimo Pérez de Aparicio y Diego López "con sus útiles, y enseres, sus 97 negros esclavos y el beneficio de 25 a 30 indios de repartimiento".
En los años posteriores, 1584 y 1585, se encuentran largas listas de esclavos muertos o inutilizados del ingenio de Tuxtla (AGN, hospital de Jesús, leg. 247, exp. 7 y 11). Gorrochotegui (op. cit.) agrega que el ingenio se quemó y fue abandonado alrededor de 1594. Aunque Aguirre Beltrán considera que el ingenio de Tuxtla fue uno de los principales focos de irradiación de negros en el Sotavento, si analizamos las listas de negros muertos e inútiles observamos que eran objeto de una intensa explotación que los consumía en el corto plazo, dejándolos prácticamente sin posibilidades de reproducirse.
Pero las haciendas ganaderas también utilizaban esclavos negros, aunque su número fue menor en comparación con los vaqueros pardos y mulatos libres que laboraban en ellas. Estos vaqueros libres y esclavos, de origen afromestizo, se dedicaron al rapto de mujeres indígenas a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII, especialmente en los llanos de Huaspaltepec y Cosamaloapan, buscando que sus hijos nacieran libres, ya que la esclavitud se transmitía por el vientre materno. Por ello en 1618 el procurador de los indios se quejaba de las tropelías de los vaqueros de las estancias comarcanas (Zavala y Casteló, 1980, t. IV: 311). Por esta razón aumentó la población afromestiza libre, aunque la esclavitud no desapareció.
El padrón de la parroquia de Acayucan de 1777 (Archivo de Indias de Sevilla, México, 2590) contabiliza un total de 58 esclavos en toda la alcaldía mayor de Acayucan - Coatzacoalcos: 40 mujeres y 18 hombres; 34 de ellos vivían en la cabecera y el resto en las haciendas y ranchos ganaderos de Corralillo y Orilla de Hueyapan (6), Jesús del Calabozo (22) y Santa Catarina de Jara (6). De los 58 esclavos censados, 42 eran menores de 30 años (72 %), de ellos 30 eran mujeres y 12 eran hombres. El promedio de edad de las mujeres era de 22.4 años, mientras que la de los hombres era más alta, llegando a los 28 años. Del total de esclavos, 40 estaban agrupados en 12 familias, predominando las madres solteras (8). Resalta el hecho de que 12 esclavos varones eran hijos o padres integrados en una familia, contra 29 esclavas en la misma situación, de las cuales 13 eran jefas o madres de familia, solteras o casadas. De acuerdo a su condición racial 41 eran negros (26 mujeres y 15 hombres), 15 pardos (13 mujeres y 2 hombres) y de 2 no se especifica (1 mujer y un hombre). En comparación con la alcaldía de Córdoba, que por esos mismos años contaba con más de 3000 esclavos, los 58 de la alcaldía de Acayucan, representaban un porcentaje muy bajo.

La población afromestiza libre
Los diferentes censos de los siglos XVIII y XIX (1746, 1574, 1777, 1803 y 1815) aportan datos dudosos sobre el número de negros y mulatos libres existentes en la alcaldía mayor de Acayucan. El censo de 1746 menciona 70 familias de pardos (negros y mulatos) asentados en Acayucan, 50 en Chinameca y 20 en Ocuapan, sin mencionar las familias que vivían en las haciendas y rancherías (A.G.N., Inquisición; Villaseñor, 1952; Winfield, 1975; Delgado, 1989; Florescano y Gil, 1976).
Aunque más explícito, el censo de 1754 levantado por la Santa Inquisición suscita serias dudas, pues en casi una década la población negra de Acayucan aumentó de 70 a 221 familias de pardos, en tanto que la de Chinameca disminuyó de 50 a 23 familias, En cambio, el censo menciona la población de españoles y pardos en las haciendas de Camahuacapa, Correa, Almagres, Santiago Jomate, Corral Viejo, Chalcamaloya, Chapopoapa, San Juan, Santa Catarina de los Pozos, Solcuauhtla, El Pedregal y Cuatotolapan. En total vivían en esas haciendas 11 familias de españoles y 56 de pardos. La variación de estas cifras puede deberse, en parte, a que una buena cantidad de pardos eran milicianos acantonados en Acayucan y Chinameca que constantemente desertaban o eran movilizados hacia otros lugares, aunque parte de las milicias se conformaban también con negros trabajadores de las haciendas que sólo se ponían en armas en caso de hostilidades. La aparente disminución de la población negra de Chinameca a menos de la mitad puede deberse a que se desglosó la población de Chinameca y la de las rancherías vecinas de Chacalapa y Tonalapa, formadas exclusivamente por familias de pardos, 12 y 19, respectivamente.
De ser fidedignos los datos anteriores, tenemos que en 1754 el número total de familias españolas en la alcaldía mayor de Acayucan, desde el Paso de San Juan hasta Huimanguillo, ascendía a 58, lo que contabiliza un total aproximado de 290 individuos, incluyendo niños y adultos. La población afromestiza representaba casi seis veces más que la española, con 331 familias (aproximadamente 1 655 individuos), siendo mayoría absoluta la población indígena, con 2 119 familias (10 595 individuos).
En 1777 la parroquia de Acayucan registraba 2 495 pardos y sólo 9 mestizos para la cabecera y pueblos comarcanos, Alvarado tenía 1132 pardos y 47 mestizos, mientras que los Tuxtlas registraba un porcentaje sensiblemente más alto de mestizos, con 670 y 479 pardos, respectivamente. En el mismo censo Tlalixcoyan y Cosamaloapan aparecen con un subregistro de población parda, quizá debido a que los milicianos no aparecen censados (Cook y Borah, 1978: II). Para ese mismo año de 1777, censo parroquial contabilizaba un 35 % de pardos del total de población de la cabecera de Acayucan, lo que representaba más de una tercera parte, con 881 individuos (Archivo de Indias de Sevilla, México, 2590).
En 1781 un informe de las milicias del Sotavento contabilizaba para Acayucan 2 730 indios, 1031 negros y pardos libres y 134 españoles (AGN, Indiferente de Guerra, vol. 23a).
Atendiendo a estos datos, encontramos que la población del sur de Veracruz de filiación negra (incluyendo afromestizos) representaba en ese momento entre 14% y 26 % del total para las tres alcaldías de Acayuca, Tuxtlas y Cosamaloapan, aunque en algunos pueblos, rancherías y parajes llegó a representar más del 90 % de su población. De hecho, esta realidad se refleja en nuestro tipo físico y en el estereotipo del jarocho sotaventino.

Los negros vaqueros.
Hacia mediados del siglo XVIII el esclavismo estaba en crisis en la Nueva España debido al agotamiento de varias minas y al alto costo alcanzado por los esclavos. Muchos de ellos obtuvieron su libertad pero siguieron trabajando en los trapiches o se integraron a la milicia. En el caso particular del sur de Veracruz, encontramos una gran cantidad de negros libertos trabajando en las haciendas ganaderas, un aspecto poco estudiado, pues en general los investigadores se han centrado en los negros de las haciendas azucareras, algodoneras, en las minas y similares.
Una fuente que aporta interesantes datos sobre los negros del sur la constituye los expedientes del ramo de Inquisición del Archivo General de la Nación. Dado que los indígenas dependían del Provisorato de Naturales en cuestiones de delitos religiosos, y muchas veces las amonestaciones o sanciones no pasaban de la parroquia, el inquisidor residente en Chinameca centró su celo apostólico en los pardos y españoles, siendo mayoría los juicios seguidos a los primeros, aunque sin mayores consecuencias, al parecer.

Los oficios de los negros.
En los testimonios rendidos por los negros de la alcaldía mayor de Acayucan en dos juicios seguidos por el inquisidor de Chinameca encontramos abundante información sobre las creencias, costumbres, actividades, relaciones de parentesco y otros aspectos de la vida de los negros del siglo XVII (1700-1800).
El primer juicio fue seguido a un grupo de negros, libres y esclavos, por “supersticiosos”, ya que en los velorios efectuados en Acayucan y Chinameca entre cuatro levantaban con los dedos índices a un negro que fingía estar muerto. Esto lo realizaban sin importar que el difunto real fuera hombre o mujer. Al hacerlo rezaban la fórmula: “en el nombre de San Pedro y San Pablo, vamos con este difunto”. En los documentos nos se aclara los fines de esta ceremonia, la cual no parece tener influencia indígena ni española.
El otro juicio demoró varios años y fue seguido a un grupo de negras libertas, llamadas “Las Pascualas” por “hechiceras”. En este caso intervinieron Pascuala Cervantes, Pascuala Ventura y Pascuala Jiménez, todas ellas acusadas de haber hecho maleficios mágicos a sus amantes.
Existen otros expedientes sobre pardos de Acayucan, uno relativo a presunta bigamia, otro por no constar en los libros parroquiales su acta de matrimonio y uno más de dos negros libres del Hato de Amajac donde hacen constar que el cura de Corral Nuevo solicitó los favores sexuales de una parda.
Al principio de cada testimonio se asienta la condición social del declarante, actividades, estado civil y otros datos personales, lo cual nos va configurando poco a poco el perfil sociocultural de los negros de la región. Llama la atención que la mayoría de los negros sean libres y que en general desempeñen dos oficios principales: milperos en las márgenes del río San Juan y Hueyapan y arrieros. Los oficios que les siguen en importancia son los de vaqueros, jornaleros en las haciendas y trapiches, pescadores, canoeros, carpinteros, sastres y molenderos.

Pueblos de pardos.
Ya mencioné en líneas anteriores que en el área de Chinameca había al menos dos rancherías formadas exclusivamente por negros: Chacalapa y Tonalapa. De la lectura de los expedientes citados se desprende que al menos Corral Viejo, Santiago Jomate y Cruz del Milagro también eran rancherías con población parda. Otros pueblos, parajes o caseríos de haciendas con población mayoritaria afromestiza durante el siglo XVIII eran Tesechoacán, Cuatotolapan, El Marquesillo, El Coyol, Chicaján, Los Quemados, Cerro Alto, y otros más.
También destaca el hecho de que algunos negros eran dueños de pequeños ranchos ganaderos; por lo menos eso sucedía en Cruz del Milagro y Amajaque. Como ya mencionaba, la mayoría de negros y mulatos se concentraba en Acayucan, Chinameca, Cosamaloapan, Santiago Tuxtla, San Andrés Tuxtla y Huimanguillo, pues tenían prohibido vivir en los pueblos indios, aunque una buena parte vivían en pequeños grupos de milperos itinerantes en las riberas de los ríos San Juan, Grande, Tesechoacán, Tonto y Hueyapan (AGN, Tierras: 3603;13).
Debemos destacar respecto a la población indígena, que ésta se concentraba en 18 pueblos con un gobierno propio llamado república de naturales y con un territorio comunal. Los indios tenían prohibido vivir fuera de sus pueblos y estaban exentos de prestar servicio en las milicias.
Exceptuando algunos pueblos de la Cuenca del Papaloapan, como San Lorenzo de los Negros, mejor conocido como Yanga, y Nuestra Señora de Guadalupe de los Negros de Amapa, que nacieron como pueblos de negros cimarrones que se adhirieron a la Corona, los parajes, caseríos y rancherías de pardos, negros y mulatos, carecían de un gobierno propio, reconocido por las autoridades virreinales. Y si bien en cuestión de religión no estaban sujetos a una iglesia, como los indios y españoles, lo que les permitía mayores libertades, su producción en cambio era determinada y prácticamente expropiada por los repartimientos de los alcaldes mayores, comerciantes y hacendados.

Los Tiltic, señores negros.
A diferencia de otras regiones, donde los indígenas conocen a los mestizos como coyotl o coyotes, aludiendo a su carácter taimado y perjudicial, nahuas y popolucas del sur de Veracruz designan a los mestizos como tiltic o “señor negro”, resaltando más bien el color de su piel como rasgo característico. Ello se debió sin duda a que trataron más con los negros, mulatos y pardos que con los propios españoles y mestizos. La relación entre indígenas y afromestizos fue ríspida durante casi toda la época colonial. Los negros vaqueros, además de robar mujeres indígenas, eran los responsables de cuidar el ganado que muchas veces perjudicaba las sementeras de los pueblos indios. A eso hay que agregar que generalmente eran mulatos los ayudantes de los alcaldes mayores que se encargaban de cobrar los tributos y repartimientos forzosos, y eran negros milicianos los responsables de reprimir las rebeliones indígenas.
Pero esa alianza entre afromestizos y españoles era aparente, pues sólo una minoría de negros obtenía privilegios y en general eran tan explotados como los indígenas, al grado de que en la rebelión de 1787 una de las preocupaciones centrales de los españoles fue que no se llegaran a unir los negros, mulatos y pardos a los indios rebeldes.

Arrieros y morenos.
Al menos en la región de Acayucan y Chinameca existían unas 16 haciendas grandes y pequeñas de ganado mayor, en las cuales la mano de obra estuvo conformada por negros esclavos y libertos, pues el indígena estaba impedido legalmente de desarrollar estos trabajos. Que la ganadería en la época colonial fue una actividad de negros y mulatos lo demuestra el hecho de que en 1754 en Acayucan había solamente 58 jefes de familia españoles, los que además ocupaban los principales puestos administrativos y eclesiales. En cambio, había 331 jefes de familia pardos. De ellos, 11 familias de españoles vivían en las haciendas, contra 56 de pardos, sólo en el área de Acayucan. Eso sin contar a los arrieros negros y mulatos, que lo mismo transportaban ganado que mercaderías.
Pensamos que fueron precisamente la ganadería y la arriería las que determinaron el asentamiento de los pardos en una ruta bien definida. En efecto, si tomamos las rancherías de pardos, desde Tonalapa y Chacalapa, al pie mismo de la sierra de Soteapan, pasando por Chinameca y Acayucan, siguiendo por Corral Viejo y Cruz del Milagro, hasta llegar a los caseríos de negros dispersos por el río San Juan, encontramos que sus asentamientos coinciden, en parte, con la principal ruta de comunicación entre el Altiplano y la Península, y en parte con la ruta de extracción de excedentes e introducción de mercaderías a la sierra. Probablemente la producción de los pueblos indígenas serranos era acaparada por los arrieros y transportada hasta el Paso de San Juan, donde los grandes comerciantes españoles la enviaban a Tlacotalpan, Veracruz y la Ciudad de México. Lo mismo debió suceder con los hatos de ganado, cueros, quesos y demás producción de las haciendas ganaderas, aunque en este caso, más que acaparadores o intermediarios, los arrieros negros debieron cumplir estrictamente su función de transportar la producción de los hacendados españoles.

Los negros y la cultura indígena.
Algo que llama la atención de los testimonios rendidos por los pardos de Acayucan al Inquisidor de Chinameca durante el siglo XVIII es su adopción de la cultura indígena local. Es frecuente la mención de comidas típicamente indígenas como el chocolate, el pinole o el mole de tortuga dentro de la comida cotidiana de los pardos. Los dos primeros los usaban como bebidas corrientes, al igual que los indígenas. En cuanto al mole de tortuga, aún se sigue realizando este guiso, aunque debido a la depredación ecológica que casi ha acabado con las tortugas, este animal es sustituido por el pollo. Este mole, típico entre los popolucas, mazatecos y chinantecos, tiene un color amarillento, se espesa con masa de maíz y se condimenta con acuyo.
En la medicina tradicional los negros empleaban, por ejemplo, la bebida de patelolote (pimienta silvestre) para el dolor de estómago, la cáscara de hule hervida contra la frialdad, y el viril o el colmillo de lagarto para curar el “pasmo”.
En el aspecto mágico usaban el aceite del Cristo Negro de Otatitlán como antídoto para la brujería (como todavía hoy se estila entre los indígenas y campesinos) y las hojas de copal xihuite para cuestiones amorosas (Zenem Ceferino, de Chacalapa, nos informa que el copal xihuite es una planta que crece en los pantanos y aún se usa para lavar la ropa).
Como una “contra” en caso de “maleficio”, los negros también usaban el “unicornio”, el cual es mencionado varias veces por presuntos pardos hechizados por sus amantes. Este unicornio no es otro que el cuerno de venado quemado, molido y bebido en agua, o disuelto en aceite del Cristo de Otatitlán. Los culebreros indígenas actualmente usan el cuerno de venado con una aguda punta para punzar la mordedura de las serpientes y sacar el veneno. El antropólogo Rubén Leyton, en el curso de su trabajo con culebreros de la región, encontró también el uso del “unicornio” en contra de presuntos hechizos, aunque los curanderos afirman que los cuernos usados corresponden a un animal llamado cuernicabra. Ignoramos si la cuernicabra sea el temazate, el venado cola blanca o la cabra montesa.

Los chupadores.
Varios de los negros hechizados afirmaron haber arrojado por la boca, en medio de dolorosos espasmos y desvanecimientos, una serie de objetos usados en hechicería, entre otros, dedales de sastre, bolas de cabellos, gusanos grandes de cabeza roja, trapos, cabos de cigarros, huesos de costilla de vaca, raíces de hule, piedras labradas de escopeta (pedernales), envoltorios de papel con polvos de colores y, en un caso, un alacrán labrado en hueso.
Lo curioso del caso es que a nadie, ni a los mismos enfermos, les consta bien a bien que hubieran arrojado estos objetos; todos aparecen en medio del vómito, después de los espasmos, mientras eran atendidos por los “cirujanos” o brujos. Esto recuerda la práctica actual de los “chupadores” indígenas y mestizos que supuestamente sacan clavos, cigarros, bichos u objetos similares a los descritos, después de chupar la parte afectada, o los sacan de un huevo luego de sobar con él al enfermo.
Destaca el testimonio de Francisco Javier Fernández, alias Prieto, pardo libre, viudo, originario de San Andrés Tuxtla, primo de Juan Salvador, pardo dueño del paraje de Cruz del Milagro. Fernández testificó que él aplicó varios remedios a uno de los hechizados, pensando que se trataba de frialdad, pero que se le revolvió el estómago y depuso una serie de objetos que enumera en detalle. Por ser el único de los testigos que explicó por qué se aplicaban determinados bebedizos y objetos para las diferentes enfermedades, y el único que mencionó la lista más larga y detallada de objetos arrojados por un sujeto, además de su condición misma de viudo, habría de pensar que Francisco Javier Fernández es un médico tradicional o curandero a la usanza indígena, aunque no conste explícitamente en su testimonio.
Estos datos son importantes, pues implican una apropiación no sólo de ciertos elementos culturales indígenas por parte de los negros, sino realmente una aculturación y apropiación de la cosmovisión mesoamericana.
Los negros no fueron los únicos que recurrieron a estos bebedizos, pues consta que también los españoles hacendados que se decían hechizados por sus amantes pardas los usaron deponiendo o vomitando la misma clase de objetos.

Los falsos difuntos.
En el juicio a un grupo de pardos por haber levantado con los dedos a un muchacho que se fingía difunto, destaca el hecho de que participaron exclusivamente negros libres y esclavos de Chinameca y Acayucan. Siempre fueron cuatro jóvenes, quienes durante los velorios se colocaban dos a cada costado de un quinto joven que yacía tendido en el suelo boca arriba, aparentando estar muerto; enseguida, con los dedos índices extendidos y colocados en el cuello, hombros y costillas lo levantaban recitando por tres veces la fórmula “en el nombre de San Pedro y San Pablo, vamos con este difunto”.
Aunque el hecho de invocar a los apóstoles durante esta ceremonia le daba un matiz cristiano, no pasó desapercibido su carácter pagano al inquisidor de Chinameca, por lo que llamó a cuentas a todos los implicados. Por desgracia, entre todos los testimonios rendidos por los testigos sólo se describe el ritual, pero no se menciona en ningún momento la finalidad del mismo ni las creencias asociadas a él. Aunque parece tratarse de una ceremonia fúnebre de origen africano muy extendida entre los negros de la alcaldía mayor de Acayucan durante la época colonial, no tenemos la certeza de que así sea. Al menos no conocemos ni por documentos ni por la tradición oral de algo parecido entre los indígenas. Tampoco sabemos si llegó a perdurar entre los pardos de las rancherías de los llanos. Un trabajo exhaustivo de campo podría dar cuenta de si se guarda memoria de ella.

Voces africanas e indígenas.
Por lo menos en los legajos del AGN que hemos revisado, no encontramos una sola palabra que podamos presumir de origen africano, pero sí en cambio localizamos en el habla de los negros varias palabras típicamente nahuas, como chocolate, pinole, hule y copal xihuite, además de usar y conocer objetos, creencias, ceremonias y usos netamente indígenas, como el pedernal, el tabaco, la comida tradicional, los “chupadores”, la creencia en las bolas de fuego que vuelan por las noches (al menos en un caso), los cultivos tradicionales y otros más. El nombre mismo de las rancherías de pardos remite al nahua o el español, como el caso de Tonalapa, Chacalapa, Amajac, Cruz del Milagro y Corral Viejo.
Ignoramos si los alias usados por los pardos corresponden a voces africanas o son apellidos o voces españolas hoy en desuso. Hay alias al parecer exclusivos de negros, como chospín, corino y corsino, aunque hay otros claramente españoles, como prieto y centella.
Sólo registramos, para la época colonial, el nombre de un rancho del área de Playa Vicente que nos remite a la influencia negra antillana: Curazao, y el nombre del estero de María Lizamba. En la propia Cuenca del Papaloapan se repiten algunos nombres como Mozambique y Mocambo, topónimos con reminiscencias africanas, comunes en el centro de Veracruz, además de otros como Yanga, Mandinga, y Matamba. Matambo también se le llama al caballo pinto y matamba o matambilla se le dice al junco, un bejuco espinoso que crece en la selva, usado en cestería.
Otras palabras de aparente origen africano son malanga, mogo mogo, ñapa y ñame. En cambio, voces que algunos investigadores han registrado como africanas en realidad son mayas o caribeñas, como guarumbo, jimba, macal, comején y guaya; Los nombres de otros tubérculos, como el sagú y la yuca, usados comúnmente en la zona, tienen orígenes distintos, el primero es malayo y el segundo haitiano.
Curiosamente, la palabra “grifo”, usada aún para designar al cabello rizado de los negros, es una palabra francesa usada en la época colonial para designar a los mulatos.
Otras palabras, que también nos remiten al África, aunque algunas eran usadas casi en toda la Nueva España, son el mal de Luanda, el plátano guineo o el mango chongolongo. En el son jarocho llamado de Los Negritos una serie de palabras que imitan el habla africana nos dice “...Gurumbé, gurumbé, gurumbé, gurumbé, de teque maneque chuchú mayambé...”. De igual manera el Son de los Negritos, de la Danza de la Malinche de Pajapan, llamado también Lofiendo lofiendo, lleva en su nombre aparentes reminiscencias africanas. El maestro José Luis Melgarejo nos dice que el nombre de la Danza del Malilo, de Cosoleacaque, nos remite al antiguo reino de Malí, aunque García de león afirma que más bien viene del nahua malía, prisionero, versión más creíble, dados los antecedentes nahuas de Cosoleacaque y al hecho de que la música de esta danza es con flauta y tambor, con un ritmo netamente indígena.
La presencia negra también quedó manifiesta en otros aspectos, además de las numerosas danzas y sones de negritos, como por ejemplo en la herbolaria: hay un bejuco llamado de mujer negra, otro más conocido como cinco negritos, y un tubérculo llamado falso barbasco o cabeza de negro.

Otras hipótesis.
Algunos autores, como el profesor José Luis Melgarejo Vivanco y el doctor Octavio González Calderón, postulan que la presencia africana en nuestra región data desde la época prehispánica, concretamente desde el periodo formativo medio y tardío, o hasta el clásico medio, inclusive. Los datos en que basan sus hipótesis son de lo más variado: abarcan desde los supuestos rasgos negroides de las cabezas colosales olmecas, las figurillas de barro, las formas de la cerámica, hasta objetos rituales, dioses, elementos lingüísticos, mitos indígenas actuales, corrientes marítimas, etc.
Sin descartar de tajo estos posibles contactos transoceánicos en tiempos prehispánicos, los arqueólogos sostienen que hacen falta muchos más datos para probar esta hipótesis. En todo caso, las supuestas pruebas no resisten un análisis riguroso, pues las presuntas coincidencias se dan en la misma proporción entre todas las culturas en épocas diferentes. Esto se explica por que siendo la especie humana una, con similares capacidades y limitaciones, al enfrentarse a iguales problemas, sus respuestas no varían mucho. A eso se debe que las canoas, hachas, flechas, la agricultura, la cerámica y otros elementos se hubieran inventado en pueblos diferentes, independientemente de que pudieran tener contacto o no.
Lo más que pueden demostrar los rasgos negroides de las cabezas colosales olmecas es que las primeras migraciones humanas que poblaron el continente americano poseían una mayor diversidad genética que la aceptada hasta hoy.
En base a la apariencia física de las esculturas olmecas y a las comparaciones de la apariencia exterior de sus artefactos con artefactos de otras culturas o modernos, diversos autores han convertido al área olmeca en una verdadera torre de Babel: todos creen ver la influencia de negros, chinos, egipcios, hebreos, hindúes, vikingos y hasta extraterrestres entre nuestros antepasados olmecas. Esta actitud tiene un profundo trasfondo racista: supone a nuestros ancestros incapaces de desarrollar por sí solos los extraordinarios adelantos culturales que los identifican.

Junchus y cimarrones.
Otros investigadores, con una formación académica sólida, han señalado aparentes elementos culturales indígenas con influencia negra. Uno de estos elementos se refiere al mito popoluca de los junchus (chilobo entre los nahuas). Entre los indígenas de la sierra se cree en la existencia de un ser sobrenatural de piel negra, pelo crespo, de grandes colmillos y cabeza en forma de cajete (es decir, con un hueco en la parte superior), el cual devora los cerebros de la gente que encuentra en los parajes solitarios, sobre todo de los adúlteros o de aquellos que han transgredido alguna norma social. La manera de comerles el cerebro es metiéndoles la lengua por la nariz para extraerlo por ahí, succionándolo.
En este mito algunos han creído ver la visión mítica indígena de los negros cimarrones, que fugados de sus amos se dedicaron al bandidaje en las montañas. Aunque esto también sucedió en nuestra región, no tenemos constancia de que hubiera sido un problema tan agudo como para incorporarse a la mitología indígena, como sí sucedió con los piratas franceses que quemaron pueblos, violaron, mataron y cometieron otras tropelías en la época colonial, recordándose actualmente entre los nahuas como entes mágicos devoradores de gente.
En cambio, la evidencia arqueológica nos muestra esculturas olmecas procedentes de Corral Nuevo, Hueyapan de Ocampo, Estero Rabón y otros lugares cercanos, que coinciden plenamente con la descripción indígena de los junchus: son esculturas antropomorfas, de rasgos negroides, pelo chino, grandes colmillos y cabeza con la parte superior hueca. Cabría investigar si la creencia de los junchus es una supervivencia prehispánica o si fue inspirada posteriormente por estas esculturas.

Otros rasgos culturales.
Un elemento que es de indudable influencia africana es el marimbol, una caja de madera con lengüetas que sirve como instrumento musical y que en la época colonial se utilizaba en el son jarocho. Su uso estuvo muy extendido en la costa del Golfo. Actualmente sólo en algunos lugares se usa, como en San Juan Guichicovi, Oaxaca, y en Tamiahua, Ver. Instrumentos como el tambor vertical hecho de un tronco hueco, usado en la música indígena y para acompañamiento de danzas, que algunos han señalado como de influencia negra, tienen su contraparte indígena en los huehues y teponaztles.
Otros elementos señalados como de origen negro en el son jarocho son la tarima, los tiempos de la música y la décima, aunque esta última, si bien pudiera tener alguna influencia africana, deriva directamente de la espinela española.
Algunos investigadores creen ver la influencia africana en la forma de la vivienda tradicional, la comida, la música, los patrones de conducta social y la danza, aunque a decir verdad, en lo personal sus argumentos no me convencen del todo. Elementos como las viviendas redondas, los tenamaztes y el vino de palma, fueron usados paralelamente tanto entre los grupos africanos como en la costa del golfo, constando incluso en el registro arqueológico los dos primeros.
Respecto a la danza, las famosas danzas de negros, más que ser de influencia africana, recrean la visión occidental o el estereotipo sobre el negro africano o, en su caso, son danzas españolas recreadas por los negros. Este parece ser el caso de la popular danza de los “arrieros” de Acayucan, la Danza de Negros de Chacalapa y los sones de negritos de las danzas de Xochiapa, mpio. de Playa Vicente, y Pajapan. Aunque algunos autores ya han señalado que es un reflejo de los arrieros españoles y sus esclavos negros, ya hemos demostrado que los arrieros, por lo menos los de esta zona, eran casi en exclusividad negros libertos.

La discriminación racial
En nuestra vida cotidiana empleamos varios términos despectivos para referirnos a otros seres humanos que se diferencian de nosotros por su cultura, el color de su piel, su forma de vida o sus rasgos físicos: términos como choco, serrano, serrucho, chunco, negro, cambujo, prieto y otros son usados con evidente intención peyorativa. Estas expresiones, que se refieren a los negros e indígenas, tienen un trasfondo racial que se ha ido diluyendo en las últimas décadas.
Entre los mismos españoles de la colonia había designaciones despectivas para diferenciar a los nacidos en España de los nacidos en América, llamándose a los primeros españoles peninsulares y a los segundos españoles americanos o criollos. Los peninsulares ocupaban los más altos puestos administrativos y eclesiásticos y tenían mayores privilegios que los criollos. La voz misma con que se designaba a los españoles americanos, “criollos”, era usada en un principio para nombrar a los negros y posteriormente fue usada con orgullo por los españoles americanos como signo de identidad.
Al inicio de la Conquista, fray Bartolomé de las Casas fue uno de los precursores de la defensa de la dignidad humana al pugnar por que inclusive la Iglesia reconociera la condición humana de los indios. Los mismos españoles, peninsulares o criollos, se designaban a sí mismos como “gente de razón”, en contraposición con la gente “sin razón”, o “de calzón”, como se designaba a los indígenas. Esta actitud desgraciadamente sigue vigente en amplias zonas de nuestro país, siendo más aguda en zonas como la Sierra Norte de Puebla o los Altos de Chiapas. La rebelión de Chiapas reflejó claramente que la actitud racista de algunos sectores de la población sigue viva, al pedir la inmediata represión o exterminio de los “alzados” sin analizar mínimamente la justeza de sus demandas.

El jarocho sotaventino
Una voz que se ha vuelto símbolo de identidad, pero que en un principio tuvo carácter despectivo es “jarocho”, que el diccionario de sinónimos establece como palabra afín de tosco, palurdo, insolente y descortés, y que antiguamente se usaba para designar a los campesinos y vaqueros mulatos de la costa de Sotavento. Sobre el origen y significado de la palabra “jarocho”, hay diferentes versiones. Una de ellas establece que es una voz musulmana empleada en España, que viene de jaro, puerco montés, y el despectivo cho, por lo que, para los españoles de la época colonial, era una manera de decirles puercos o cerdos de monte a los pardos.
Otras versiones agregan que jarocho viene de jara, vegetal cuyo tallo se ocupaba para dirigir a los puercos, y por extensión se empleaba para llamar así a los pastores que cuidaban a estos animales. Para otros, entre ellos Leonardo Pasquel, jarocho viene de la voz árabe xara, que significa excremento, y la interjección ¡so!. Agrega Pasquel que “la voz jaro era aplicada por los españoles de Andalucía, a lo largo del virreinato, a los puercos, marranos o cochinos, y jarocho al porquerizo o cuidador de aquellos”.
La versión más probable, la que también suscribe el antropólogo Fernando Winfield, refiere que jarocho viene de jara, en el sentido de saeta, flecha o lanza, llamándose antiguamente “jarocha” a la vara o garrocha con que los arrieros puyaban a los animales, y jarochos a los que usaban este instrumento. Esta misma designación recibían los milicianos negros integrados en los cuerpos o compañías de lanceros que custodiaban las costas. Estos lanceros negros formaron las milicias que defendieron el régimen español durante la guerra de independencia.
Es muy probable que “jarocho” sirviera originalmente para designar a los negros que usaban la jarocha o lanza, ya fueran arrieros o milicianos. También es probable que jarocho sirviera para designar a los vaqueros de las grandes haciendas de los llanos, como Nopalapan, Cuatotolapan, Corral Nuevo, Guerrero, Uluapan, San Nicolás y Chiltepec, que practicaban una ganadería extensiva, donde cazaban a las reses en las matas o jaros, especie de islas que sobresalen de las zonas inundables. Cada mata o jaro era conocido con un nombre específico por los negros vaqueros, ya que en ellas se refugiaba el ganado en tiempo de lluvias. Jaro también se llamaba a los grupos de casas aisladas, que en la época colonial sólo estaban habitadas por negros, milperos o vaqueros. De ahí que en los llanos un topónimo común sea el de Mata, como Mata Anona, Mata Garrapata, Mata Gallina, Mata Grande, Mata Conejo...
La palabra “jarocho” se aplicó después a todos los individuos con rasgos físicos negroides y finalmente sirvió para designar a los habitantes de la costa sotaventina, los que hoy con orgullo se asumen como jarochos.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Reflexiones sobre el ”Encuentro de Jaraneros”

De una serie de entrevistas hechas por Honorio Robledo y Javier Amaro al Maestro Tinoco.

A treinta años del Encuentro de Jaraneros

Arq. Humberto Aguirre Tinoco,
fundador del "Encuentro de Jaraneros
en Tlacotalpan" y gran impulsor del Son Jarocho.

Cuando yo era pequeño recuerdo el repiqueteo del Son en la “duermevela”, mientras me iba quedando dormido resonaba la música que se tocaba en la plaza de armas, y con ella me adormecía. Fui creciendo y mi vida estuvo siempre envuelta en la efervescencia del Son. Con ello me impregné y es parte medular de mi existencia. El Son, para mi, es un tónico que te nutre al escucharlo, y el bailarlo te llena de vitalidad.
En mis recuerdos de infancia quedó intensamente grabado el primer Fandango al que asistí con mi familia. Fuimos invitados par un sacerdote que iba a bendecir las propiedades que un ganadero había comprado par el Tesechoacán, y nos fuimos en una lancha río arriba.
Acá, en Tlacotalpan, todo es claro; el llano es amplio, sin escondrijos, y el río es ancho, pero remontar las aguas azulencas del Tesechoacán fue una prodigiosa experiencia a mis ojos de niño, pues el río se iba encajonando entre unos murallones. En aquellos tiempos los ríos tenían sus aguas con tonos verdes o azules, pues no habrá toda esa tala inclemente que provoca que las aguas bajen azolvadas, ni había contaminación. En las orillas del barranco crecían árboles altísimos, cuyas frondas se entreveraban en lo alto, oscureciendo el trayecto, donde gritaban y correteaban los monos, los loros y las iguanas. Ya ese viaje era una maravilla. Así llegamos al caserío, donde celebraron la misa en una explanada alta, para resguardarse de las crecidas. Yo era muy chico y me quedé dormido. Desperté al anochecer. Ya mucha de la gente se había regresado a Tlacotalpan, pero nosotros nos quedamos y ahí experimente una de las cosas más bellas e impresionantes de mi vida, pues lo primero que escuché fue el retumbar de la Tarima a lo lejos.
Hay un momento al anochecer al que le llaman "El Conticinio"; es un tiempo de oscuridad, por ahí por la media noche, en donde en el campo se hace un silencio total; los animales y las bestias callan. Los bichos enmudecen; nada se mueve y hasta el viento deja de soplar. En ese momento es cuando el retumbar de la tarima llenaba la noche entera.
Yo me acerque siguiendo la luz de las candilejas que iluminaban el Fandango, en una colina. Las candilejas eran una especie de teas, colocadas a buena altura, por que no había electricidad. Las candilejas, con esa luz amarillenta e inestable, iluminaban a los participantes del Fandango. La mayoría eran cañeros y campesinos, pero estaban todos renegridos por la zafra, así que, a la luz de las candilejas, las facciones se convertían en algo tremendamente espectral, pero al mismo tiempo con una enorme vitalidad, entre ese juego de luces y sombras desvanecidas con la noche invadida de Son jarocho. Las sombras devastadas de las fandangueras se proyectaban y se mezclaban en la pendiente de la colina, en un espectáculo silencioso, siempre cambiante. Yo permanecí extasiado durante horas, hasta que llegaron a buscarme, pensando que me había perdido...
La tarima es el centro de la fiesta primordial, el Fandango; antiguamente le ponían debajo cascabeles y unos platillitos de metal, así que al taconeo, los platillos vibraban y se estremecían, dándole unas sonoridades que ahora muy poca gente ha experimentado; ya esa usanza se ha perdido, o ya casi nadie la sabe.
En general los músicos empezaban a florear la Tarima con los Sones, calentándola, y entonces entraban las bailadoras experimentadas, que, a veces, hasta eran pagadas para animar el Fandango. Así, poco a poco, se iban incorporando las jóvenes, imitando pasos y las mudanzas de las mayores. En Tlacotalpan el Fandango era una fiesta popular, pues muy pocas señoritas de "buena familia" se incorporaban a los Fandangos de los barrios, aunque, por supuesto, casi todas sabían bailar y versar.
Para mí, desde mi experiencia y mi niñez en Tlacotalpan, el jarocho es la mezcla de los españoles con los africanos. De España vienen las guitarras y las formas de la danza. Los Indígenas tenían otros rituales, pero están asentados en otras regiones, lejos; solamente aparecían para vender sus productos en las ferias. Pera acá dominaba otra mezcla; la presencia europea y africana son las más acentuadas.

Plaza Doña Marta
Había un jardincito que cuidaba Doña Marta Tejedor. Era un jardín de traza muy antigua. Durante la colonia se llamaba Plateros, ya después su nombre oficial fue
parque Matamoros. Esa señora lo cuidaba y se esmeraba en mantenerlo. La gente, correspondiendo a sus esfuerzos, le dejó su nombre al parque: Dona Marta, sin hache, tal como viene en la Biblia.
En el año 1969, hubo una gran inundación en la Cuenca. En Tlacotalpan el agua subió hasta metro y medio. Después de la inundación yo hice una campaña en México para recabar fondos para los damnificados: organicé Noches Jarochas, entre otros muchos eventos. Logré reunir $30,000.00 pesos de aquella época, además de montones de víveres y ropa. Pero en eso salió una resolución Presidencial que impedía y desalentaba todas las iniciativas sociales para ayudar a los damnificados. Claro, estaba muy fresco el 68 y no querían participación de las organizaciones populares ni de la Sociedad Civil. Pero, con todo, era nuestro pueblo y eran nuestros paisanos: Teníamos la obligación de ayudar.
Cuando yo llegué a Tlacotalpan con el dinero, todo el mundo me solicitaba esos fondos; Algunos ediles me pedían el dinero para hacer un drenaje en el campo de futbol; otros para poner las bancas en el campo de beisbol; puras obras para quedar bien, pero nada en verdad sustancial. Entonces, para que no me acusaran de robarme el dinero, comencé los tratos con los dueños de la plazuela Doña Marta, (para entonces ya había alguien interesado en comprar el terreno para poner unas bodegas de muebles, ¡fue un milagro que no se lo vendieron!). Y bueno, Como estaba en desnivel, Con la inundación quedó convertido en un chaquistal. Así que rescatamos el terreno. El ayuntamiento colaboro con una suma igual y compramos el terreno. Entonces yo reconstruí la plazoleta: le hice los trazos y el diseño. Subí el nivel de la plaza para que no se convirtiera en nido de zancudos y le diseñe las bancas, con esas formas que ahora ostentan, con la intención de que, que al caminar por la plaza, se tenga un sentido de ondulación. Le diseñe los pasíllos y quedo tal cual se ve hasta hoy. ¡ Nunca imagine que Después sería el centro del Encuentro de Jaraneros y el corazón del Fandango moderno!.

De la velocidad del Son
Por ahí de 1968, por las calles de Puente de Alvarado había unas cantinas donde a veces llegaban a tocar grupos de Son jarocho. Algunos de los músicos que ahí tocaban eran unos borrachales. Los Sones los interpretaban con ese estilo rápido Alvaradeño. Reflexionando sobre ese estilo veloz y escuchando las viejas grabaciones, yo llegue a la conclusión de que aquellas primeras versiones, hechas en los años veinte, alteraron la manera tradicional de interpretar el Son jarocho. La música jarocha la empezaron a grabar en los Estados Unidos los Tlalixcoyanos. Yo encontré unos discos que pertenecieron a mi padre, grabados por ahí de 1920, se trata de esos discos pesados, de bakelita, que tienen la grabación de un solo lado. Al escucharlos me di cuenta de que ya comenzaba a sonar el estilo rápido; esa manera vertiginosa y preciosista de interpretar el Son, que después se haría moda. Me parece que los aparatos de reproducción, las victrolas, "aceleraban" la manera de tocar. Yo creo que los grupos compraron esos discos y pensaron que ese estilo era un mejoramiento, un paso dentro de la evolución del Son tradicional. Pero he llegado a pensar que no era por que así lo habían grabado, sino que, tanto las máquinas de grabar y los aparatos de reproducción, aceleraban la música, pues por todas estas regiones donde se tocaba el Son lo hacían con un estilo bastante mas reposado. Sigo creyendo que los grupos que escucharon esas grabaciones pensaron que esa velocidad era una evolución del Son y continuaron con la tarea de acelerarlo, especialmente los grupos Alvaradeños.

Sobre el Encuentro de jaraneros.
Fue en la Casa de la Cultura donde nació el Encuentro de jaraneros.
El Negro Ojeda era un cantante muy reconocido desde la época de las peñas. Su madre es Tlacotalpeña, así que el doctor Ojeda llegaba con la familia cada vez que podía escaparse de la ciudad, por ello, desde siempre, "El Negro" fue un personaje aceptado.
En aquella época, yo dirigía la Casa de Cultura de Tlacotalpan y en cierta ocasión me dijo el Negro que él tenía la posibilidad de traer gente de la Ciudad de México a grabar un programa sobre Agustin Lara, para trasmitirse en Radio Educacion. Me pidió que yo reuniese a la tertulia a músicos y amantes de las canciones de Lara para evocar esa época nostálgica.
En aquellos miticos años solo había dos radios en Tlacotalpan, así que los radioescuchas y los músicos se iban a cualquiera de las dos casas para escuchar las canciones que Lara estaba estrenando en su programa. Al terminar la transmisión, los jóvenes se iban al parque y, entre todos, armonizaban las canciones que habían escuchado y se iban por el pueblo, ofreciendo serenatas.
En Tlacotalpan existía una tertulia que se encargaba de mantener esas reuniones en honor al "Flaco" Lara. Ya con la propuesta de Radio Educacion yo me encargue de reunir a los Músicos, a los Poetas y a los Declamadores, e hicimos una transmisión. La grabación quedo muy hermosa, tanto que al año siguiente decidieron repetirla. Pero para ese entonces la Tertulia Larista estaba en extinción, por que muchos de los participantes se habían ido, o habían emigrado. Así que yo me apoye en el grupo de "Bizcola", que era el grupo oficial de la Casa de la Cultura, para amenizar la programación. ("Bizcola", con el grupo "Papaloapan", realizó una de las primeras grabaciones del "Movimiento Jaranero").
Ellos, desde el primer programa, estaban listos a participar, pero como se acabo tiempo al aire, se quedaron con las ganas. De ese modo, para el nuevo programa, yo me encargue de contactar a muchos otros grupos más de la región, para que viniesen a participar al encuentro.
Para esas fechas yo ya había estado trabajando sobre la idea de que la Sierra Baja de Oaxaca, sobre todo Tuxtepec, era parte integral de la Cultura Veracruzana. En su momento eso significo una verdadera osadía, pues casi nadie se permitía la idea de que Oaxaca también tuviese una raíz Jarocha o Sotaventina. Ahora ya es una cosa plenamente comprobada; y hasta ya hay un Festival del Golfo y del Sotavento, pero en aquella época no había ningún puente. Eso lo digo, porque, en gran medida, Tuxtepec fue apuntalada por muchas familias y personas que emigraron de la cuenca, por ello es que esta muy emparentada.
Bueno, me fui a buscar a los grupos de esas regiones para incorporarlos a la nueva programación, pues se dejó de lado el Programa Larista para dedicarnos exclusivamente al Son jarocho, estableciendo el primer concurso. Fue ahí donde entró el Colegio de México, y se definió también el lugar donde ahora se realiza: La Plaza Doña Marta.
Es importante mencionar, a manera de acotación, que, en un principio, los concursos se celebraban en el Parque Juárez, pero los dueños de las casas del frente, donde se realizaba el certamen, se quejaban de que había mucho ruido y mucha bulla. Entonces yo determine llevarme el Fandango a la plaza de Dona Marta. Así teniendo ya el evento frente a mi casa, no le estorbaba a nadie; así fue como se instituyó también el primer paso para el desarrollo del Son Moderno.
Desde muchos años atrás venían celebrándose los Concursos de jaraneros y de Bailadores; las sedes principales eran Alvarado, San Andrés Tuxtla y Tlacotalpan. Pero, por quien sabe que misterio, los ganadores eran siempre del lugar donde se realizaba el concurso, puesto que los jueces o sinodales eran de esa región. Me di cuenta que la única manera para realmente resolver ese conflicto era invitar un jurado capacitado e imparcial; que no tuviera compromisos con las regiones ni con los concursantes. Entonces, para evitar inclinaciones regionales, decidí convocar a un al primer Encuentro de Jaraneros y como yo conocía a muchos grupos, ya muchos ancianos de la región, los invite y casi todos llegaran. Yo las aloje en mi casa y cuando subían a su presentación en el foro, se les daba cincuenta pesos. Esa cantidad era suficiente para que comieran bien en el día y hasta les sobraba algo para su pasaje, puesto que no gastaban en alojamiento. Había que pensar que muchos de ellos eran jornaleros y que no podían dejar su trabajo nada más por venir a Tlacotalpan y encima, tener que gastar, cosa que creo que sucede en la actualidad, por eso creo que ya muy pocos viejos se aparecen por el encuentro.

Acerca del uso del pandero y del arpa hay muchos testimonios muy antiguos
Ya el arpa aparece en las escritas Bíblicos, y el pandero aparece con el nombre de Adufe, así que esos instrumentos, al llegar a Sotavento, ya tenían larga trayectoria. Tengo una anécdota al respecto: Cuando yo dirigía la Casa de la Cultura llegó una delegación Celta de Irlanda a tomar clases de arpa, pues el arpa Celta estaba ya casi perdida, así que llegaron a Tlacotalpan con la firme intención de recuperar esa tradición en los cursos que ofrecíamos. Ahora hay muchos grupos que tocan arpa Celta, pero mucho de esa tradición la recuperaron por acá.
Bueno, durante la realización del primer concurso, algunos sinodales del Colegio de México descalificaron al pandero, argumentando que ese instrumento no pertenecía al repertorio tradicional. ¡Pero por supuesto que eso lo es!: En mi infancia, en la navidad, íbamos de casa en casa tocando la Rama con los panderos.
Al terminar la letanía los músicos arrancaban una fuga de Zapateado o de Bamba, acompañados con los panderos, y no era nada extraño escuchar el pandero en los Fandangos de barrio. Después de esa experiencia, un tanto arbitraria, de que el jurado descalificó el pandero, discurrí que eso de calificar grupos o instrumentos era una tarea imposible y bastante injusta, pues en cada región del sotavento hay muchos estilos y muchos instrumentos que no se pueden poner en competencia, y por ello decidí hacerlo desde entonces un encuentro, para que cada quien mostrase el estilo que había heredado de sus abuelos. Por ejemplo, los de Soteapan no usan tarima y, a veces, ni siquiera zapatos; nomás tallan el piso. ¿De que manera se podrían calificar? No hay modo; es una tradición completamente diferente. Sobre esto escribí un texto en la revista Tierra Adentro, describiendo los diversos estilos que conocí en mis andanzas. Cada región tiene su tesitura, su costumbre y sus tradiciones; todos los estilos son verdaderos, fuertes y diferentes.
Durante mi estadía en la dirección de la Casa de la Cultura, me ofrecieron un trabajo muy interesante, y me fui a trabajar algunos años a Orizaba y a Veracruz, estableciendo la Pinacoteca de Orizaba. Yo rescaté a los únicos pintores Mexicanos que han pintado el mar: Los jarochos le tenían terror al mar, puesto que por ahí les llegaban los filibusteros y las epidemias.
También lleve a los pintores talentosos a varias exposiciones a la Ciudad de México, donde se confirmó la tradición de los pintores ingenuos, con Nacho Canela a la cabeza y, de paso, impulse el reconocimiento a los muebleros, quienes comenzaron a realizar copias de los muebles que aparecían en los cuadros de los pintores antiguos.
Cuando volví a Tlacotalpan ya no tuve ningún nexo con la Casa de Cultura ni con la organización del encuentro que, desde entonces, ha quedado en manos de una Asociación Civil.
Las nuevas corrientes del Son me gustan, y veo con agrado que hay mucha soltura y mucho desarrollo en las nuevas generaciones. Veo los hijos y los nietos de los personajes que conocí, que tienen muy buenas ideas y están desarrollando cosas preciosas y claro, eso me da gusto puesto que, de alguna manera, todo viene de esa idea que yo fundé y promoví. Todo este Movimiento es resultado de esos primeros encuentros.
Ahora el son tiene rumbos muy hermosos, y unas posibilidades enormes; veo muchas propuestas y muchas jóvenes que están proponiendo y haciendo un tipo de Son muy fresco, sin dejar de lado la tradición. Felicidades.

Génesis del libro Sones de Tierra Caliente,
el primer libro del Son jarocho contemporáneo

Cuando yo estaba estudiando arquitectura en la Ciudad de México, me iba a la biblioteca y al archivo a buscar datos sobre la región, y ahí encontré los versos del "Chuchumbé", y fueron los que publique en mi libro. Ahora ya hasta compusieron un Son, tomando como base esos testimonios. También encontré otros, que ahí están, esperando que alguien venga a retomarlos para investigar sus orígenes y su música.
Yo regresé a Tlacotalpan, en la época en que la canción latinoamericana estaba poniéndose de moda, tras los golpes militares en Sudamérica. El arpa paraguaya sonaba en todas partes, grandes compositores y cantores, como Chabuca Granda, Atahualpa, Bola de Nieve, etcétera, eran la moda en ciertas ambientes.
Acá el Son jarocho se había opacado, el Fandango había desaparecido en muchos pueblos. Entonces, retomando mis experiencias, me dio por juntar los Versos y los Sones que siempre habían estado presentes en mi niñez y los fui recopilando, a manera de rescate y de testimonio, ya con una incipiente idea de conformar un libro. Entreviste a muchos ancianos que no hablaban ya del Son jarocho por que de plano ya no tenían con quien compartir esa experiencia. Ellos me dieran todos los textos y todos los versos.

Mañana me voy para Veracruz
a ver a mi china Maria de la Luz.
Mañana me voy como lo verán
a vuelta de viaje me las pagarán
.

Son versitos sencillos, pero llenos de sentido para los ancianos que los habían tenido como flores para cortejar y para enamorar. O las coplas pícaras y festivas. Toda esa magnífica Poesía.
Entreviste a una gran cantidad de ancianos, y de ellos recopile todas las Décimas y los versos que aparecen en este libro. Fue una labor que me llevó muchos años y muchos kilómetros, aparte de kilómetros de lecturas en bibliotecas, en periódicos polvorientos y en revistas apelmazadas por musgo. Muchas veces me despertaba en la madrugada con una deducción interesante o con una nueva pista.
En el momento en que comencé la investigación para mi libro nadie se preocupaba del Son jarocho y nadie andaba por esas regiones entrevistando a los ancianos. Llegaba con mi grabadora, y como ya me conocían, me platicaban todas sus aventuras, sus desventuras y sus versadas, pues muchos ya no tenían a quien trasmitirles ese legado, y les daba mucho gusto que alguien se tomara el trabajo de ir hasta sus comunidades para visitarlos con el afán de conservar o revivir sus tradiciones. A pesar de que muchos de ellos no sabían escribir, me explicaron y me enseñaron muchas cosas, aparte del Son. Yo aprendí muchísimo y de una gran variedad de temas.
El libro lo comencé en 1968, y lo vine a terminar hasta 1976. Lo anduve promoviendo, circulando, y recibiendo también rechazos, un montón de años. En esas tiempos lo que imperaba era la Música Sudamericana. En lo que respecta al Son jarocho, las versiones que se conocían eran sólo las de Lino Chávez y de Los Huesca, que ya tenían mucho tiempo de estar siendo machacadas por los ballets folclóricos y por las escuelas, sin ninguna novedad ni cambios interesantes. De modo que, en esos tiempos, un libro testimonial como este, que es un documento de rescate del Son Jarocho, no tenía interés comercial para ninguna editorial. De ese modo anduve recorriendo editores, hasta que la Editorial Premia tuvo interés en publicarlo. Esa editorial me dio unos cuantos ejemplares. Pero a pesar de que mi libro lo exhibían, tenia muy poca atracción sobre los compradores; En esos años no había el interés que ahora se ha formado en torno al Son, y yo creo que el libro, en gran parte, ha de haber terminado en algún remate. De todos modos, escasas las regalías que me dieron las invertí en comprar mi propio libro.
Después el instituto Veracruzano de Cultura, retomo el libro y sacó la segunda edición. Me parece que tuvo una mejor difusión, pero para mi fué una experiencia insatisfactoria, puesto que yo participe en los gastos de la edición, pero al final, solamente me dieron treinta libros, con lo que cada libro me costó unos trescientos pesos y encima de todo, yo tenía que ir a comprar mis propios libros. No se cómo se manejaría la distribución, porque de pronto ya no encontré el libro por ningún lado. Tiempo después, corrió el rumor de que el libro lo estaban rematando por kilo en La Lagunilla, en la Ciudad de México.
Cuando me quede con el paquete del Encuentro, Radio Educación se convirtió la radiodifusora oficial para transmitirlo. Así se consolidó el apoyo para invitar a muchos grupos para darle forma y fuerza al evento. Ahí fue cuando comenzaron a participar esos grandes Soneros como Rutilo, Montoro, don Talis, Bizcota, Don Julián. Todos ellos ya estaban inscritos en mi libro, con sus versadas. Pero también llegaron Soneros legendarios, como Don Lauriani, que hacia temblar la tierra a su paso, o Don Juan, el jaranero mas viejo de todos, que seguía bailando y sonando a sus 115 años. O coma Don José Luis Muñoz y muchos otros que me permitieron publicar todo ese gran y hermoso legado que conforma el libro Sones de la Tierra. Ellos me ofrecieron lo mejor de sus versos y lo mejor de sus recuerdos tan sólo por el gusto de la amistad. Yo hubiera querido que se hubieran visto incluidos en el libro. La desdicha es que, cuando este apareció, muchos de ellos ya habían muerto, pues como ya comenté, pasaron 15 años para poder publicarlo, y ya no alcance a corresponderles con ese mínimo homenaje. De todos modos, esta nueva edición la dedico a todos aquellos grandes poetas y decimeros que me ayudaron a conformarlo, y también lo dedico a las nuevas generaciones de soneros que actualmente vibran el resurgimiento del Son Jarocho en todas las latitudes hasta donde lo están haciendo llegar.

Humberto Aguirre Tinoco. Tlacotalpan, Veracruz, 2002-2004.
En la imagen Arcadio y Antonio García de Léon, foto Alvaro Brizuela

martes, 3 de marzo de 2009

Antiguos Jaraneros de Jáltipan


NACHO FLORES


Ora si lloren poblanas
lloren por los cuatro vientos
que esos vientos se llevaron
mi canto y mi sentimiento

un día viniendo de la isla de Tacamichapan con Zenén Zeferino, en una vuelta del camino, ya casi llegando a Jáltipan, estaba Nacho Flores con un machete en mano, trozando ramas. Detuvimos la camioneta y esa tarde tuve el gusto de conocer a uno de los viejos músicos del son jarocho que como duende sin rumbo, viajaba por las calles de Jáltipan, comía donde le invitaran, dormía donde podía, y sembraba en algún solar, en alguna partecita de tierra una sola hilera de maíces, unas yucas, unos cilantros, unos epazotes, y con el esfuerzo que hacía su cuerpo ya viejo, era suficiente para darle el sentido de trabajar la tierra, de nunca dejar de ser campesino. Cuando llegaba por acá, se quejaba que ya el hijo de la dueña del terreno le había mochado sus plantas, pues iban a construir, o que los cochinos le había comida sus milpitas, algún maldoso le había arrancado una yuca, siempre sufría por eso, su enojo le demoraba días, pues Nacho tenía su carácter fuerte, no fácilmente los niños podían acercársele, tenía en su mente sus propias formas, sus propias maneras de responder ante los sucesos de la vida. Ese día Nacho nos habló de los cuatro vientos, del norte que es bueno, del sur que es el diablo, de la brisa que es como una mujer agradable, del terral que se alía con el sur y hace sus jaladas. Otras veces acá en el Centro de Documentacion Nacho miraba al cielo, ¡Mira! me decía, “allá arriba están luchando los vientos, el sur y el norte, mañana va a llover”, aunque realmente yo miraba el cielo despejado, de un azul intenso.
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Nacho Flores fué quizá el último de los músicos del viejo Jáltipan. Se le recuerda en las comunidades camino a la isla, en la isla, como alguien que seguía un andar de días, enseñando a tocar jarana para tener complices para la parranda, para tocar en las fiestas, como nos dice don Apolinio Silvestre de Boquiapan:
Nacho vino un 6 de enero, como hoy llegó en la mañana y me dijo: "Apolonio, no tengo compañero". Traía un requinto y una tercera. Yo tenía como la edad de mi hijo –un joven de 17 años–. Me decía: "Ven, Apolonio, ven –mientras afinaba la jarana por cuatro–mira, aquí pones un dedo y no lo muevas, por si no puedes todavía, vas a trabajar sólo tres dedos”. Don Apolonio toma su jarana y hace el mismo movimiento que le indicara Nacho Flores hace 42 años. Aquella noche estaba tocando con Nacho Flores los tres sones que ya sabía ...
Su habilidad para tocar su requinto, las jaranas, hablaban de un ser que entendía el lenguaje de la música, las múltiples afinaciones y su manía de cambiar de afinacion a cada rato en un mismo son, con verdadera habilidad y rapidez. No era fácil de entender, por lo mismo era un músico solitario, un ser que andaba los caminos, las calles de Jáltipan en un andar interminable, siempre en la búsqueda, como esos seres mitólogicos que tienen por destino en seguir, el no detenerse... Era versador, siempre escribía, siempre estaba rezando y diciendo versos al rey David, el rey de los músicos.
Foto de Arturo Talavera, Don Apolonio al frente, Nacho al fondo